No somos yoguis: qué significa realmente ser yogui según el yoga tradicional.
- Enfoque Salvaje
- 23 ene
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En los últimos años, la palabra yogui se ha vuelto habitual. Se utiliza con ligereza, casi como una etiqueta más dentro del mundo del bienestar, asociada a una estética concreta, a un tipo de cuerpo, a una práctica física o incluso a una forma de mostrarse en redes sociales. Sin embargo, cada vez más personas se preguntan qué significa realmente ser yogui y si ese término, tal y como se usa hoy, tiene algo que ver con el yoga en su sentido original.

La respuesta, desde la tradición, no es cómoda ni inmediata. Ser yogui no era un título ni una identidad que se asumiera desde el ego, ni algo que se proclamara. Era, en todo caso, una consecuencia natural de una forma de vivir: de una relación honesta con uno mismo, con la mente, con el cuerpo y con la vida. En los textos clásicos del yoga, como los Upaniṣad, el Bhagavad Gītā o los Yoga Sūtras de Patañjali, no aparece la figura del yogui como alguien especial o separado del mundo, sino como una persona comprometida con un camino interior, con la observación constante y con la transformación profunda.
El yoga no se definía por las posturas ni por la habilidad física, sino por la forma en la que se actuaba, se respiraba, se pensaba y se habitaba la experiencia humana. La práctica del yoga era un proceso vivo, no una identidad fija. De hecho, en la tradición, el énfasis estaba en las vías del yoga —karma yoga, bhakti yoga, jñāna yoga y rāja yoga— entendidas como caminos de acción consciente, devoción, conocimiento y disciplina mental, no como estilos de clase ni métodos cerrados.
Incluso cuando el cuerpo empieza a ocupar un lugar más visible con los textos de haṭha yoga, como el Haṭha Yoga Pradīpikā, el objetivo no era exhibir ni dominar la forma. El cuerpo se utilizaba como herramienta para preparar el sistema nervioso, estabilizar la energía y sostener la atención. Nunca fue el fin en sí mismo. Practicar asanas no convertía a nadie en yogui ni otorgaba ningún estatus dentro del camino.
Con el tiempo, especialmente en contextos modernos y occidentales, el yoga se fragmentó, se adaptó y se convirtió en un producto cultural. Surgieron estilos, nombres y etiquetas que, aunque no son necesariamente negativas, fueron desplazando el eje principal: la escucha, la honestidad y el proceso interior. Hoy, muchas personas sienten presión por elegir un estilo de yoga y mantenerse fieles a él, como si cambiar fuera un signo de incoherencia o falta de compromiso.
Pero el yoga tradicional nunca fue rigidez. Fue adaptación consciente a cada etapa vital. Hay momentos de intensidad y momentos de pausa, momentos de disciplina y momentos de recogimiento. Abandonar una práctica exigente para abrazar otra más suave no es un retroceso; puede ser una forma profunda de inteligencia y cuidado.
El verdadero riesgo no está en mezclar ni en evolucionar, sino en vaciar de sentido la práctica y convertirla en una identidad que se sostiene desde el personaje. Cuando el yoga se vuelve una etiqueta, el ego encuentra una nueva máscara. Y cuando eso ocurre, se pierde lo esencial.
Como recordaba T. Krishnamacharya, “el yoga no trata de tocarse los pies, sino de lo que aprendes en el camino hacia ellos”. No habló de estilos, ni de niveles, ni de etiquetas, sino de proceso. Volver al origen no implica rechazar el presente, sino recordar la raíz.
El yoga no necesita más nombres para seguir vivo. Necesita presencia, honestidad y menos ruido. No hace falta llamarse yogui para vivir en yoga. Basta con escuchar, observar y sostener la práctica incluso cuando incomoda, incluso cuando no se ve, incluso cuando nadie aplaude.
Quizá ahí empiece, de verdad, el yoga.




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