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Niveles en yoga: por qué la tradición no habla de principiantes, intermedios y avanzados.

Cada vez que escucho la pregunta “¿qué nivel de yoga tienes?” siento que algo se nos ha ido de las manos. No por mala intención, sino por inercia. Hemos normalizado tanto clasificarlo todo —principiante, intermedio, avanzado— que ya casi no nos detenemos a cuestionar de dónde viene esa mirada ni qué efectos tiene sobre la práctica, los cuerpos y las personas.
niveles en yoga

En yoga, como en casi todo, no solo importa qué hacemos, sino desde dónde lo hacemos. Y la idea de niveles, tal y como hoy se utiliza, no nace del yoga ni de sus textos. Nace de un sistema moderno que mide, compara, ordena y convierte los procesos internos en escalones visibles.


Y ahí empieza el problema.


¿De dónde sale la idea de “niveles” en yoga?


Si acudimos a los textos clásicos —los Yoga Sutras de Patanjali, los Upanishads, el Bhagavad Gītā— no encontraremos ninguna jerarquía basada en la forma del cuerpo, la flexibilidad, la dificultad de las posturas o el rendimiento físico. No existe una clasificación del tipo principiante–intermedio–avanzado aplicada a la persona.


La noción de niveles, tal y como la entendemos hoy, viene de otros lugares: del fitness, del rendimiento deportivo, de la productividad, del progreso externo y de una cultura profundamente visual. Una cultura que necesita ver para creer, medir para validar y comparar para ordenar.


Pero el yoga no se construyó desde ahí.


Lo que la tradición sí observa


En la tradición del yoga, lo que se observa no es hasta dónde llegas, sino desde dónde practicas. No se mide la práctica por lo que el cuerpo logra hacer, sino por la relación que la persona establece con su cuerpo, su mente y su manera de estar en el mundo.


Una persona puede repetir una práctica sencilla durante años, moverse poco, sostener siempre lo mismo… y estar profundamente en el camino. Y otra puede ejecutar posturas complejas, intensas, “avanzadas” desde fuera, y seguir atrapada en la comparación, el ego o la desconexión.


El yoga no mide resultados. Observa procesos.


Cuando lo “avanzado” se vuelve espectáculo


Uno de los efectos más claros del sistema de niveles es que solemos llamar yoga avanzado a lo más espectacular. A lo que impresiona. A lo que se ve desde fuera. Y sin darnos cuenta, empezamos a asociar avance con exigencia física, dificultad técnica o rendimiento corporal.


Pero eso no es avance. Es otra cosa.


El problema no aparece cuando usamos niveles como una herramienta pedagógica para orientar una clase. El problema aparece cuando el nivel se convierte en identidad. Cuando el cuerpo pasa a ser el medidor de valor. Cuando “avanzado” empieza a significar “mejor”.


Ahí el yoga se pierde.


Las consecuencias reales de hablar de niveles


Esta forma de clasificar genera consecuencias muy concretas: personas que se sienten “menos” en una clase, cuerpos que creen que no encajan, frustración silenciosa, abandono de la práctica, comparación constante, desconexión del proceso interno.


El yoga, que debería unir, empieza a separar.


Y no porque alguien lo haga con mala intención, sino porque el lenguaje que usamos no es neutro. Las palabras crean marco. Y el marco crea experiencia.


En yoga no existen niveles, existen realidades distintas


Lo que sí existe en yoga son cuerpos distintos, momentos vitales diferentes, sistemas nerviosos únicos y procesos internos que no se pueden comparar. Existen días de intensidad y días de pausa. Etapas de silencio y etapas de movimiento. Momentos de sostener y momentos de soltar.


Hablar de niveles borra esta realidad y la sustituye por una escalera imaginaria.


Quizá no necesitamos eliminar la palabra, pero sí cambiar el mensaje que la acompaña. No decir “esto es para avanzados”, sino “esta práctica es más exigente”. No definir a la persona, sino describir la experiencia.


Eso nos acerca mucho más al yoga.


El yoga no es una escalera


El yoga no es un ranking. No es un lugar al que llegar. No es una meta visible desde fuera. Es un proceso íntimo, honesto y profundamente humano. Un camino que se transforma con la vida, no una carrera que se gana con esfuerzo.


Como decía Krishnamurti, el yoga no trata de tocarte los pies, sino de lo que aprendes en el camino hacia abajo.


Quizá la pregunta no es qué nivel tienes


Quizá la pregunta real no es si eres principiante, intermedio o avanzado. Quizá la pregunta es:

¿desde dónde practicas?, ¿qué relación tienes contigo cuando practicas?, ¿tu práctica te vuelve más presente o más rígido?, ¿más humano o más exigente contigo y con los demás?


Ahí empieza el yoga de verdad.


Y ahí, curiosamente, ya no hacen falta niveles.

 
 
 

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