¿Cuál es tu linaje de yoga? Tradición, ego y la confusión moderna.
- Enfoque Salvaje
- 23 ene
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Durante años he escuchado la misma pregunta repetirse una y otra vez en el mundo del yoga: ¿Cuál es tu linaje? Se formula con naturalidad, casi como un dato básico, pero pocas veces se cuestiona lo que realmente hay detrás. A menudo parece que el linaje define quién eres, cuánto sabes o incluso cuánto vales dentro de este camino. Y ahí es donde algo empieza a torcerse.

En la tradición del yoga, un linaje no era una etiqueta ni una identidad social. No era una palabra que se usara para posicionarse por encima de nadie ni para marcar territorio. Un linaje era, y sigue siendo en su raíz, una transmisión viva de conocimiento: de maestro a estudiante, de experiencia a experiencia, de práctica honesta a práctica honesta. No se proclamaba. Se sostenía en el tiempo.
Si miramos los textos tradicionales —los Vedas, los Upanishads, los Yoga Sutras— no encontramos la idea de linaje como marca personal o como apellido espiritual. El conocimiento no se hereda por pertenencia, se encarna a través de la vivencia. El yoga no se transmite como una franquicia. Se experimenta. Se cuestiona. Se integra en la vida cotidiana.
Sin embargo, en Occidente la palabra linaje se ha ido cargando de otros significados: estatus, jerarquía, validación externa. A veces se usa para separar más que para guiar, para crear sensación de superioridad en lugar de responsabilidad. No siempre, pero lo suficiente como para que merezca una reflexión profunda.
Idealizamos a practicantes que vemos en redes sociales, los convertimos en referentes absolutos, casi intocables. No por su silencio o su coherencia, sino por cómo encajan en un personaje. Y eso no es tradición, es proyección. Muchos de los linajes más conocidos hoy tienen menos de setenta años, y eso no es un problema en sí. El problema aparece cuando no se pueden cuestionar, cuando se vuelven inaccesibles, cuando cuestan miles de euros o cuando protegen la marca más que la enseñanza.
Cuando el linaje se convierte en identidad, algo se apaga. Se apaga el criterio personal, se delega la responsabilidad, se confunde obediencia con devoción. Pero el yoga no busca obediencia. Busca claridad. No busca seguidores. Busca personas libres.
Krishnamurti lo expresó con una lucidez incómoda: “El verdadero maestro no crea seguidores. Crea personas libres.” Y esa frase sigue siendo profundamente actual. Si dependes de un maestro para sentirte válido, nunca conocerás la verdad por ti mismo. El maestro acompaña, pero no sustituye tu experiencia.
Un linaje puede ser guía, sostén, inspiración o marco de estudio. Pero nunca una verdad absoluta. Nunca una excusa para dejar de pensar por ti. Si un linaje no fomenta libertad interior, no es tradición, es dependencia.
El yoga, en su raíz, es un camino íntimo, personal y silencioso. Puede compartirse, sí, pero no compararse. No es competitivo ni jerárquico. La comunidad puede ser hermosa y sostenernos en lo humano, pero el yoga nunca prometió pertenencia grupal. Prometió claridad interior y menos sufrimiento. Y ese camino no se recorre en masa.
Por eso quizá la pregunta no sea de qué linaje eres, sino cómo practicas. Desde dónde compartes. Si tu camino te vuelve más libre o más rígido. Si te conecta contigo o te aleja de tu propia escucha.
Honrar la tradición no es gritar tu linaje. Es practicar con humildad, escuchar con discernimiento y no usar el yoga para sentirte por encima de nadie. El yoga no es una identidad que defender, es una práctica diaria que te confronta, te incomoda y, si eres honesta, te transforma.
Y desde ahí, con respeto y con amor, seguimos caminando.




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