El yoga no te hace mejor persona (y por qué eso es una buena noticia)
- Enfoque Salvaje
- 23 ene
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Durante mucho tiempo se ha repetido —a veces de forma sutil, otras muy explícita— que practicar yoga te convierte automáticamente en una “mejor persona”. Más consciente. Más tranquila. Más ética. Más elevada. Y aunque entendemos de dónde nace esa idea, creemos que es importante decirlo claro, aunque incomode: el yoga no te hace mejor persona.

Decirlo así duele un poco. Porque toca una expectativa muy instalada, sobre todo en Occidente: la idea de que practicar yoga es una especie de certificado moral. Como si hacer asana, meditar o estudiar filosofía te colocara en un lugar más alto que otras personas. Como si la esterilla fuera una medalla. Y no lo es.
En los textos tradicionales del yoga, el camino nunca se presenta como una herramienta para “mejorarte” frente a otros. No promete perfección, ni pureza, ni iluminación automática. Lo que promete —si se le puede llamar promesa— es claridad. Y la claridad no siempre es cómoda. A veces no te muestra luz, sino ego. No te muestra paz, sino miedo. No te hace sentir especial, sino profundamente humano.
Desde dentro de la práctica, el ego espiritual puede aparecer de formas muy sutiles. Sentirse “más consciente”, corregir la vida de los demás, mirar desde arriba a quien no practica, creer que ciertas emociones ya “no deberían estar ahí”. Eso no es yoga. Eso es el ego usando el lenguaje de la espiritualidad para seguir sosteniéndose.
Y desde fuera, la exigencia tampoco es menor. ¿Cómo puedes tener ansiedad si haces yoga? ¿Cómo te enfadas si meditas? ¿Cómo puedes sufrir si llevas años practicando? Como si el yoga anulara la humanidad. Como si sentir fuera un fallo. Pero el yoga no elimina el dolor. Te enseña a mirarlo. A no huir. A no esconderlo bajo discursos bonitos.
En la tradición, antes de hablar de posturas, se habló de ética. Ahimsa, Satya, Asteya, Aparigraha. No como identidad, sino como práctica diaria. No para parecer, sino para vivir. El yoga nunca fue rendimiento. No va de cuántas horas practicas, cuántas posturas haces o cuántos retiros acumulas. Va de cómo te relacionas con el mundo cuando nadie te está mirando.
Algo que hemos aprendido en India, caminando cerca de maestros que no necesitan nombrarse como tales, es que el yoga no se proclama. Se encarna. Se vive. Se nota en cómo hablas, cómo escuchas, cómo miras, cómo respondes cuando algo te incomoda. Y muchas veces, quienes viven el yoga con más profundidad son quienes menos lo explican.
Si tu práctica te separa de los demás, te vuelve rígida, te coloca por encima o te hace sentir superior, entonces quizá no esté cumpliendo su función. Porque en la tradición, el yoga no existe para hacerte “mejor” que nadie. Existe para que veas con más claridad tu ignorancia, tu apego y tu ego.
A veces, practicar yoga sí cambia algo. Hay personas que se vuelven más conscientes, más honestas, más responsables de su impacto. Pero no es automático. Y no ocurre solo por hacer asana. Ocurre cuando hay disposición real a mirarse, a cuestionarse y a dejar de usar la práctica como refugio o escaparate.
El yoga no te hace mejor persona. Pero puede ayudarte a dejar de creerte superior. Y eso, quizá, ya es bastante.




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