¿Por qué existen los estudios de yoga?
- Enfoque Salvaje
- 14 jul
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Shri Yogendra y la historia de cómo el yoga llegó a la vida cotidiana
En 1918, un joven indio llamado Shri Yogendra tomó una decisión que muchos de sus contemporáneos consideraron excéntrica: en lugar de seguir el camino de su maestro y retirarse del mundo, decidió abrir en Bombay un espacio donde cualquier persona pudiera aprender yoga sin abandonar su familia, su trabajo ni su vida cotidiana. Aquel experimento, modesto en sus comienzos, terminaría cambiando para siempre la forma en que el yoga se enseña y se practica en todo el mundo.

Cada vez que entramos en un estudio de yoga, desenrollamos una esterilla y comenzamos una práctica, damos por sentado que el yoga siempre se ha enseñado así. Un profesor, un grupo de alumnos, una sala, una práctica de una hora. Eso nos parece tan normal que rara vez nos hacemos una pregunta muy sencilla: ¿por qué existen los estudios de yoga? La realidad es que durante la mayor parte de la historia del yoga, esa forma de practicar simplemente no existía. Y entender cómo apareció nos ayuda también a entender muchos de los debates que seguimos teniendo hoy sobre qué es el yoga y para qué sirve.
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Un conocimiento que no estaba pensado para todos
Cuando pensamos en el yoga antiguo solemos imaginar cuevas, montañas y ascetas cubiertos de ceniza. Esa imagen existe, pero simplifica una historia mucho más rica y compleja. Durante siglos, gran parte del conocimiento del yoga se transmitió de una manera muy distinta a la actual: fundamentalmente entre maestro y discípulo, muchas veces en ashrams y otras dentro de comunidades tradicionales con acceso restringido. No existían los horarios ni las clases colectivas que conocemos hoy, ni los centros abiertos al público general, ni los profesores impartiendo varias sesiones al día para grupos de desconocidos.
Esto no significa que todas las personas que practicaban yoga fueran renunciantes. En la tradición hindú siempre ha existido la figura del gṛhastha, la persona que mantiene una vida familiar y participa activamente en la sociedad. Los textos clásicos, incluidos los Yoga Sūtras de Patañjali o el Bhagavad Gītā, no excluyen a quienes viven en el mundo. Sin embargo, la transmisión pública y organizada que hoy damos por sentada, con sus formaciones estandarizadas, sus certificaciones y sus estudios en cada barrio de cada ciudad, sencillamente todavía no existía.
El yoga no era una actividad extraescolar. Era, en muchos contextos, una forma de vivir que requería condiciones muy específicas para ser transmitida: tiempo, proximidad con el maestro, una vida adaptada a la práctica. Para la mayoría de personas que vivían en el mundo ordinario, esas condiciones eran difíciles de reunir.
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India en transformación

Para entender por qué algo cambió a comienzos del siglo XX, es necesario situar los hechos en su contexto histórico. A finales del siglo XIX y principios del XX, India vivía un momento de profundas transformaciones. El país seguía bajo dominio colonial británico y muchas tradiciones indias eran sistemáticamente desprestigiadas desde una mirada que las consideraba supersticiosas o primitivas. Al mismo tiempo, el contacto con Occidente y la creciente urbanización creaban nuevas formas de vida que se alejaban de los patrones tradicionales.
En ese contexto, numerosos maestros y pensadores comenzaron a preguntarse cómo preservar el conocimiento del yoga sin encerrarlo únicamente en pequeños círculos de iniciados. La pregunta ya no era solo cómo conservar una tradición. Era cómo transmitirla a una sociedad que estaba cambiando a una velocidad sin precedentes, y hacerlo de una manera que pudiera sobrevivir al impacto de la modernidad sin perder su esencia.
Varios maestros de ese período respondieron a esa pregunta de maneras diferentes. Swami Vivekananda llevó el vedānta y el yoga a Occidente a finales del siglo XIX, presentándolos como una filosofía universal compatible con la razón moderna. Swami Kuvalayananda comenzó a investigar científicamente los efectos fisiológicos del yoga, publicando sus resultados en revistas académicas. T. Krishnamacharya, desde el Palacio de Mysore, desarrollaría a partir de los años treinta una forma de enseñanza postural que terminaría influyendo en prácticamente todo el yoga que se practica hoy en Occidente. Shri Yogendra tomó un camino diferente, pero igualmente decisivo.
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Un hombre que se hizo una pregunta diferente
Shri Yogendra nació en 1897 en el seno de una familia gujarati. Siendo todavía muy joven entró en contacto con Paramahamsa Madhavadasji, un maestro de yoga de la tradición Nātha que lo instruyó en las prácticas clásicas del Hatha Yoga. Según los relatos de la época, Madhavadasji reconoció en Yogendra un estudiante excepcional y esperaba que su discípulo continuara su linaje en el formato tradicional.
Sin embargo, algo en Yogendra le impulsó a tomar una dirección distinta. En lugar de convertirse en un renunciante alejado del mundo, decidió volver a la vida cotidiana. Y desde ahí comenzó a hacerse una pregunta que, para la época, resultaba poco habitual: ¿era realmente necesario abandonar el mundo para practicar yoga? ¿Qué ocurría con quienes tenían una familia, un trabajo, responsabilidades cotidianas? ¿Podía una persona corriente recorrer un camino espiritual sin convertirse en un asceta?
La respuesta de Yogendra fue que no. No era necesario abandonar el mundo. El hogar también podía convertirse en un lugar de práctica. La familia, el trabajo y las responsabilidades no tenían por qué ser obstáculos para el yoga. También podían formar parte del camino.
Hoy esta idea puede parecernos evidente, casi obvia. Hace poco más de cien años era una posición profundamente innovadora dentro del mundo del yoga. Y tuvo consecuencias que todavía se perciben en cada estudio de yoga que existe en el mundo.
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The Yoga Institute: un experimento sin precedentes

En 1918, con apenas veintiún años, Shri Yogendra fundó en Bombay The Yoga Institute. No era un ashram tradicional ni un espacio de ejercicio físico. Era algo para lo que no existía precedente claro: un centro abierto a cualquier persona que quisiera aprender yoga sin necesidad de renunciar a su forma de vida.
La propuesta de Yogendra era enseñar yoga de manera sistemática a personas con obligaciones familiares y profesionales. Esto implicó adaptar la forma de enseñar: clases organizadas, horarios accesibles, un enfoque que integraba no solo las āsanas sino también el prāṇāyāma, los hábitos de vida, la ética y la relación de la práctica con la vida cotidiana. Según sus biógrafos, Yogendra insistía en que el yoga no debía reducirse únicamente a la dimensión física. La práctica espiritual y filosófica seguía siendo, para él, el corazón de todo.
El Instituto sobrevivió a su fundador, que murió en 1989 a los noventa y dos años. Hoy sigue activo en Santa Cruz, Bombay, y es considerado uno de los centros de yoga más antiguos del mundo en funcionamiento continuo. Sus archivos históricos son una fuente relevante para cualquiera que quiera estudiar la historia del yoga moderno.
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Una transformación colectiva
Sería una simplificación atribuir a Yogendra en solitario la transformación que llevó el yoga a la vida cotidiana de millones de personas. La historia nunca funciona así, y el propio Yogendra era el primero en reconocerlo. Lo que ocurrió a lo largo del siglo XX fue el resultado de un movimiento colectivo en el que participaron muchos maestros, pensadores y practicantes con visiones diversas y a veces contradictorias entre sí.
Lo que Krishnamacharya hizo desde Mysore con el yoga postural, lo que Kuvalayananda hizo desde la investigación científica, lo que Vivekananda hizo desde la filosofía vedāntica, y lo que Yogendra hizo desde la vida cotidiana del cabeza de familia, son cuatro ríos distintos que terminaron convergiendo en lo que hoy llamamos yoga moderno. Ninguno de ellos tiene sentido sin los demás.
Sin embargo, la aportación específica de Yogendra merece ser nombrada con claridad: fue uno de los primeros en defender sistemáticamente que el yoga podía y debía llegar a personas que vivían dentro del mundo, no fuera de él. Y en respaldar esa convicción con una institución que llegaría a cumplir más de un siglo de historia.
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Lo que ganó el yoga. Y lo que quizá perdió
Gracias a transformaciones como la que impulsó Yogendra, hoy es posible practicar yoga en una ciudad, en un pueblo, en casa, antes de trabajar, mientras se cría a los hijos, sin necesidad de abandonar ninguna de las responsabilidades de la vida cotidiana. Eso es, sin ninguna duda, algo extraordinario. Significa que millones de personas tienen acceso a una tradición de conocimiento que, de otra manera, habría permanecido inaccesible para la mayoría.
Pero toda transformación trae consigo preguntas que conviene no ignorar. Cuando una tradición se adapta para llegar a millones de personas, necesariamente cambia. Algunas de esas transformaciones son enriquecedoras. Otras pueden implicar pérdidas que no siempre resultan visibles a primera vista.
En el yoga contemporáneo es relativamente fácil encontrar clases centradas casi exclusivamente en las āsanas, sin apenas referencia al contexto filosófico del que surgieron. Es menos frecuente encontrar espacios donde también se estudien los Yoga Sūtras, los yamas, los niyamas o la forma en que la práctica debería impactar en la manera de relacionarse con el mundo. No creemos que esto ocurra por mala intención. Probablemente sea, en parte, una consecuencia natural del proceso de hacer una tradición más accesible. Pero merece la pena preguntarse si esa pérdida de contexto era inevitable, o si podría haberse evitado de otra manera.
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Un detalle que lo cambia todo
Mientras investigábamos la figura de Yogendra para escribir este artículo, encontramos un dato que nos llamó especialmente la atención. Con el paso de los años, él mismo siguió insistiendo en que el yoga no podía reducirse a la salud o al bienestar físico. La dimensión espiritual y filosófica seguía siendo, para él, el corazón de la práctica. No quería sustituir la filosofía por las posturas. Quería encontrar una nueva forma de transmitir ambas a personas que vivían en el mundo moderno.
Eso cambia por completo la forma de entender su legado. Yogendra no parece haber querido crear un yoga más fácil o más superficial. Quería un yoga que pudiera convivir con la vida cotidiana sin renunciar a su profundidad. En ese sentido, su propuesta original era mucho más exigente de lo que podría parecer: no se trataba de simplificar la tradición, sino de encontrar la manera de habitarla en condiciones diferentes.
Quizá la verdadera revolución de Yogendra no consistió en sacar el yoga del ashram. Sino en intentar que el ashram pudiera entrar, de alguna manera, en nuestras casas.
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La pregunta que nos dejó
Gracias a personas como Shri Yogendra, hoy podemos practicar yoga sin abandonar nuestra familia, nuestro trabajo ni nuestra vida cotidiana. Nosotros también, probablemente. Y eso merece ser reconocido con claridad.
Pero ese enorme regalo trae consigo una responsabilidad que no siempre está presente en la conversación sobre el yoga moderno. ¿Cómo seguimos acercando el yoga a más personas sin perder aquello que le da profundidad? ¿Cómo evitamos que termine reducido a una sucesión de posturas sin contexto? ¿Cómo conseguimos que, además del cuerpo, también viajen la filosofía, la ética, el estudio y la forma de vivir que durante siglos acompañaron a esta tradición?
No tenemos una respuesta definitiva. Pero sí creemos que merece la pena seguir haciéndonos la pregunta. Porque la historia de Shri Yogendra no termina en 1918. Continúa cada vez que un profesor prepara una clase y decide qué incluir y qué dejar fuera. Cada vez que una escuela decide qué enseñar en sus formaciones. Cada vez que un alumno descubre que el yoga empieza sobre la esterilla, pero no termina cuando la enrolla.
Y quizá ese sea el verdadero legado de Yogendra: no solo haber acercado el yoga a más personas, sino habernos recordado que, cuando una tradición crece, también crece la responsabilidad de transmitirla con honestidad.
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Fuentes y lecturas recomendadas
— Rodrigues, Hillary (2006). Introducing Hinduism. Routledge.
— Singleton, Mark (2010). Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice. Oxford University Press.
— De Michelis, Elizabeth (2004). A History of Modern Yoga. Continuum.
— The Yoga Institute (theyogainstitute.org). Archivos históricos e información institucional.
— Mallinson, James y Singleton, Mark (2017). Roots of Yoga. Penguin Classics.




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