¿El yoga ha tenido realmente en cuenta el cuerpo de la mujer?
- Enfoque Salvaje
- 18 ago
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Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando entramos en una clase de yoga: ¿para qué cuerpo está pensada esta práctica?

Durante años muchas aprendimos de una manera bastante sencilla. El profesor proponía una postura y nosotras intentábamos reproducirla. La misma secuencia, las mismas indicaciones, los mismos tiempos. Como si todos los cuerpos que entran en una sala necesitaran exactamente lo mismo.
Pero basta observar nuestro propio cuerpo durante unos años para descubrir que ni siquiera nosotras necesitamos siempre lo mismo. Hay momentos de energía y momentos de cansancio. Menstruación, embarazo, posparto, perimenopausia, menopausia. Lesiones, cambios hormonales, edad, circunstancias vitales. El cuerpo que hoy entra en la esterilla no es exactamente el que entró ayer.
Y entonces la pregunta cambia: ¿debe ser siempre el cuerpo quien se adapte al yoga o debería el yoga aprender también a adaptarse al cuerpo?
Una historia contada principalmente por hombres
Buena parte del yoga postural moderno que ha llegado hasta nosotros fue sistematizado y difundido durante el siglo XX por hombres como Krishnamacharya, B.K.S. Iyengar, Pattabhi Jois o Sivananda. Sus aportaciones fueron fundamentales para comprender la enorme expansión del yoga contemporáneo.Decir esto no significa afirmar que las āsanas fueran “inventadas para hombres”. Tampoco que las mujeres estuvieran ausentes de las tradiciones del yoga hasta el siglo XX. La historia es bastante más compleja.
Pero sí merece la pena reconocer algo: durante mucho tiempo los espacios más visibles de autoridad, enseñanza y transmisión estuvieron ocupados principalmente por hombres. Y cuando determinadas experiencias no atraviesan el cuerpo de quienes ocupan esos espacios, existe la posibilidad de que reciban menos atención.
Un hombre puede estudiar la menstruación, por supuesto. Puede acompañar un embarazo o conocer los cambios fisiológicos de la menopausia. Pero nunca va a experimentar esos procesos en su propio cuerpo. Y durante décadas fueron precisamente esas experiencias las que tuvieron mucha menos presencia en la manera de hablar sobre la práctica.
Por suerte, esta historia nunca estuvo formada únicamente por hombres.

Las mujeres que fueron ensanchando la práctica
Una de las figuras más interesantes fue Indra Devi. A comienzos del siglo XX consiguió estudiar con Krishnamacharya después de que este inicialmente se mostrara reticente a aceptarla como alumna. Era mujer y occidental. Terminó estudiando con él y posteriormente llevó el yoga a China, Estados Unidos y Latinoamérica, acercándolo a miles de mujeres.
Su aportación no consistió en crear un “yoga femenino”. Fue anterior y quizá más elemental: ayudó a abrir una puerta.
Pero cuando más mujeres entraron en esos espacios apareció inevitablemente otra cuestión. Ya no bastaba con preguntarse si una mujer podía practicar yoga. Había que empezar a preguntarse cómo podía responder la práctica a su experiencia corporal.
Ahí encontramos a Geeta Iyengar, hija de B.K.S. Iyengar y una maestra cuya obra merece mucho más que ser presentada simplemente como una extensión del trabajo de su padre. Geeta dedicó décadas a estudiar y enseñar la práctica teniendo en cuenta diferentes etapas de la vida de las mujeres. En Yoga: A Gem for Women y en sus enseñanzas encontramos menstruación, embarazo, posparto y menopausia formando parte explícita de la conversación sobre yoga.
El cambio de perspectiva es enorme. La pregunta deja de ser únicamente “¿cómo consigo hacer correctamente esta postura?” y empieza a aparecer otra: “¿qué necesita hoy la persona que está haciendo esta postura?”
Y hubo otras voces. Vanda Scaravelli, que había estudiado con B.K.S. Iyengar y recibido enseñanzas de T.K.V. Desikachar, terminó desarrollando una aproximación donde la gravedad, la respiración y la escucha ocupaban un lugar central. Su trabajo no estaba específicamente dirigido a las mujeres, pero aportó algo que resulta especialmente pertinente para esta conversación: cuestionar una relación con la práctica basada en imponer constantemente una forma al cuerpo.Indra Devi, Geeta Iyengar y Vanda Scaravelli no hicieron lo mismo. Tampoco fueron las únicas. Pero observarlas juntas nos permite ver cómo distintas mujeres fueron ensanchando, desde lugares diferentes, la manera de entender la práctica.
Menstruar no debería significar seguir otra tabla de reglas
Quizá sea durante la menstruación donde esta conversación se vuelve más evidente.
Geeta Iyengar desarrolló recomendaciones concretas para modificar la práctica durante el sangrado y, dentro del método Iyengar, se aconseja evitar determinadas inversiones. Podemos estudiar esas enseñanzas, comprender de dónde vienen y reconocer el conocimiento acumulado durante décadas de observación sin necesidad de convertir cada indicación en una verdad médica universal.

Porque una enseñanza dentro de una tradición y una afirmación científica sobre el cuerpo no son exactamente lo mismo.
Hoy contamos además con investigación sobre dolor menstrual, síndrome premenstrual, embarazo, suelo pélvico, menopausia y muchos otros aspectos que generaciones anteriores no podían estudiar con las mismas herramientas. Y no creemos que haya que elegir un bando. La tradición puede ponerse en conversación con la investigación contemporánea. Podemos preguntarnos qué observaron aquellas maestras, qué sabemos hoy, dónde coinciden ambas miradas y dónde todavía quedan preguntas.
Lo paradójico sería que, después de tantos años intentando que el cuerpo femenino encajara en una práctica aparentemente universal, construyéramos ahora otra cárcel alrededor del ciclo.
“En fase folicular tienes que practicar así”. “Cuando ovulas necesitas esto”. “Durante la menstruación nunca hagas aquello”.
Las mujeres no funcionamos como un calendario perfectamente predecible. No todas menstruamos, no todas tenemos ciclos regulares, algunas utilizan anticoncepción hormonal, otras atraviesan amenorrea, embarazo, posparto o menopausia. Y dos mujeres en el mismo día de su ciclo pueden sentirse completamente diferentes.
El ciclo puede darnos información sobre nuestra práctica. No debería convertirse en otra autoridad que nos diga cómo tenemos que sentirnos.
Quizá llevamos tiempo haciendo la pregunta equivocada
Cuanto más profundizamos en este tema, menos nos interesa crear un “yoga para mujeres”.
Porque corremos el riesgo de volver a meter millones de cuerpos diferentes dentro de una misma categoría.
Nos interesa mucho más recuperar la pregunta que atraviesa las aportaciones de estas mujeres: ¿estamos observando realmente a la persona que tenemos delante?
Una mujer embarazada no necesita exactamente lo mismo que antes del embarazo. Una persona de 70 años no habita el mismo cuerpo que a los 25. Una persona hipermóvil puede necesitar indicaciones completamente diferentes a otra con poca movilidad. Alguien que ha dormido tres horas quizá no necesite hoy lo mismo que ayer. Una mujer puede querer una práctica intensa durante la menstruación mientras otra necesita descansar.La postura puede ser la misma. La persona nunca lo es.
Y quizá ahí está una de las mayores responsabilidades de quienes enseñamos yoga. Saber muchas āsanas no necesariamente significa saber enseñar a muchos cuerpos. Enseñar también implica observar, preguntar, adaptar, conocer nuestros límites y reconocer cuándo una situación necesita la mirada de un fisioterapeuta, una matrona, un médico u otro profesional.
Una tradición viva también puede aprender
A veces confundimos respetar la tradición con conservarla inmóvil.
Pero la propia historia del yoga que practicamos demuestra lo contrario. Ha cambiado al atravesar épocas, maestros, países y cuerpos diferentes. Indra Devi recibió unas enseñanzas y las llevó a lugares donde apenas habían llegado. Geeta Iyengar recibió el método de su padre y profundizó en preguntas relacionadas con la experiencia femenina. Vanda Scaravelli recibió enseñanzas de maestros extraordinarios y terminó explorando otra relación con el cuerpo.
No hicieron exactamente lo mismo que quienes las precedieron. Observaron, practicaron y siguieron preguntando.
Quizá nuestra responsabilidad no sea elegir entre repetir todo lo antiguo o descartarlo porque es antiguo. Podemos hacer algo bastante más difícil: estudiar lo que hemos recibido, practicarlo, observar qué ocurre, contrastarlo con aquello que hoy conocemos y permitir que las preguntas sigan abiertas.
Por eso, después de escribir todo esto, quizá responderíamos de otra manera a la pregunta inicial.
¿Las āsanas tienen realmente en cuenta el cuerpo de la mujer?
Quizá ninguna āsana pueda hacerlo por sí sola.
Una postura no sabe quién ha llegado hoy a la esterilla. No sabe si menstruas, si estás embarazada, si tienes dolor, si estás atravesando la menopausia o si simplemente estás agotada.
Quienes tenemos que tenerlo en cuenta somos quienes practicamos y, sobre todo, quienes enseñamos.
Porque quizá una práctica madura no sea aquella en la que conseguimos que nuestro cuerpo encaje perfectamente en el yoga.Quizá sea aquella en la que dejamos de imponerle constantemente una forma y empezamos a escucharlo.
Entonces la práctica puede convertirse en una conversación.
Y esa conversación, como nuestro cuerpo, seguirá cambiando toda la vida.




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